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Blog / Montar una academia

Cómo montar una academia de cursos online: lo que de verdad hace falta

Jose Manuel Alegre Cuenca · Director de Formación · 17 de septiembre de 2026 · 8 min de lectura

Montar una academia de cursos online parece una decisión sola: vender por internet lo que ya enseñas. En realidad son seis decisiones distintas, cada una con su coste y su forma propia de fallar, y no aparecen en el orden en que uno las espera. Esta guía recorre las piezas que hacen falta de verdad y señala las que casi todo el mundo descubre tarde, cuando ya tiene alumnos dentro.

Qué es exactamente una academia de cursos online

Una academia online es el sitio donde una persona entra, se matricula, estudia, deja constancia de lo que ha hecho y sale con un documento que acredita lo aprendido. Dicho así suena a una web con vídeos, y no lo es. Cada uno de esos cinco verbos es una pieza distinta, y las piezas tienen que hablarse entre ellas: quien se matricula tiene que aparecer en la lista de tu curso, lo que estudia tiene que quedar registrado, y ese registro es justamente lo que después permite emitir un diploma y responder cuando alguien pregunta si esa persona terminó el curso de verdad.

La confusión más común es dar por hecho que el contenido es casi todo el trabajo y que el resto son detalles técnicos. El contenido es lo único que nadie puede poner por ti, cierto, pero también es la única pieza que ya tienes antes de empezar. Todo lo demás hay que montarlo desde cero.

El contenido: lo único que no puede poner nadie por ti

Tu material de clase no es todavía un curso online. Un temario en PDF, unas diapositivas y la memoria de lo que cuentas en el aula funcionan porque tú estás delante rellenando los huecos. Cuando el alumno está solo en su casa, esos huecos se quedan vacíos.

Convertir ese material en un curso consiste en tres trabajos que conviene separar. El primero es la secuencia: en qué orden se aprende, qué hace falta saber antes de cada cosa y dónde se atasca la gente. Eso lo decide quien enseña, y es el valor real de tu academia. El segundo es la unidad de estudio: partir el temario en lecciones que alguien pueda terminar de una sentada, con una idea por lección, porque una clase de una hora grabada casi nadie la termina. El tercero es la práctica: cada trozo de teoría necesita algo que el alumno haga —una pregunta, un ejercicio, una entrega— porque leer sin hacer nada no deja poso, y porque sin práctica no hay rastro de que haya estudiado.

Ese tercer punto es el que más se subestima. Un curso sin actividades no solo enseña peor: deja tu plataforma sin ningún dato que registrar, y entonces el seguimiento y el diploma se quedan sin base.

El aula: dónde estudia el alumno

El aula es el software donde el alumno entra con su usuario y ve tus cursos. En el sector se llama LMS, del inglés learning management system, que es simplemente el programa que gestiona el aprendizaje: guarda quién está matriculado, qué lección va abierta, qué respondió en cada cuestionario y cuánto tiempo lleva conectado.

Aquí hay tres caminos y ninguno es gratis: montar el software tú mismo en un servidor, contratar una plataforma de pago que te la den lista, o entrar en una plataforma que ya existe y que ya tiene alumnos. Los tres tienen costes muy distintos, y merecen su propio artículo: plataforma propia, marketplace o WordPress compara los tres con lo que cuesta cada uno en dinero y en tiempo tuyo.

Lo que sí conviene tener claro desde el principio es que el aula no se elige por las funciones de su folleto, sino por quién la mantiene actualizada dentro de dos años.

La matrícula y el cobro

Vender un curso online son dos cosas encadenadas: cobrar el dinero y, en cuanto el pago se confirma, abrir el acceso a esa persona y no a otra. Parece automático y no lo es. Hace falta una pasarela de pago —el servicio que tramita la tarjeta—, hace falta que tu web se entere de que el pago ha llegado, y hace falta que el alumno esté matriculado en el curso que compró y solo en ese.

Además de vender curso a curso, existen otras dos formas de entrar en una academia, y decidir cuál quieres condiciona todo lo demás. Una es la cuota: el alumno paga cada mes y accede a todo tu catálogo mientras esté al día. Otra es la academia cerrada, donde nadie compra nada y entra solo quien tú matriculas: es lo habitual en formación de empresa y en grupos de clientes.

La parte administrativa va detrás y no desaparece. Cada venta a un particular necesita su factura, con el IVA que corresponda, y quien vende formación tiene que saber qué operaciones suyas están exentas y cuáles no. Consúltalo con tu asesoría antes de fijar los precios, no después de la primera venta.

El seguimiento del alumno

Saber quién avanza, quién se ha atascado y quién no ha vuelto a entrar es lo que separa una academia de un archivo de vídeos. Sirve para tres cosas distintas: para dar clase mejor, porque ves dónde se cae la gente; para vender, porque un alumno que termina vuelve a comprar; y para responder ante quien te lo pregunte.

Ese último punto se vuelve obligatorio en cuanto entras en formación bonificada. La formación que las empresas descuentan de sus cuotas a la Seguridad Social está regulada por la Ley 30/2015 y el Real Decreto 694/2017, y ese marco exige guardar la documentación de cada acción formativa a disposición de los órganos de control: el artículo 18.2 del RD 694/2017 fija cuatro años. Eso significa registrar tiempos de conexión, resultados y entregas, y significa también que esos registros no se pueden borrar cuando el alumno se da de baja. Si piensas trabajar con empresas, esta pieza deja de ser opcional el primer día.

El diploma y por qué tiene que poder comprobarse

Un diploma en PDF con el logo de tu academia lo fabrica cualquiera en diez minutos, incluido alguien que no ha hecho tu curso. Por eso un diploma solo vale algo si quien lo recibe —una empresa, un centro, un cliente— puede comprobar que es auténtico sin llamarte por teléfono.

La forma habitual de resolverlo es imprimir en el diploma un código de verificación y publicar una página donde cualquiera introduce ese código y ve qué curso se hizo, con qué duración y en qué fecha. Esa página se consulta sin iniciar sesión, porque quien verifica no es alumno tuyo. Y muestra lo justo: el nombre del titular, el curso y las fechas, nunca su correo ni su detalle de progreso.

Lo legal, que llega antes de lo que crees

Esta es la pieza que más se retrasa y la que peor sienta descubrir tarde, porque las obligaciones no empiezan cuando cobras: empiezan cuando tu web recibe la primera visita.

Necesitas un aviso legal con los datos de quien responde, unas condiciones de contratación, y una política de privacidad que explique qué datos tratas, con qué base jurídica y cuánto tiempo los guardas, según el Reglamento (UE) 2016/679, el RGPD. Necesitas también un aviso de cookies que cumpla el artículo 22.2 de la Ley 34/2002, la LSSI-CE, que no habla solo de cookies: cubre cualquier almacenamiento en el equipo de quien visita, incluido el que hace un vídeo incrustado de un tercero. Y si usas inteligencia artificial para elaborar el material, el Reglamento (UE) 2024/1689 —el AI Act— obliga desde el 2 de agosto de 2026 a revelar el contenido generado artificialmente.

Ninguna de esas tres cosas es un texto que se copia de otra web. Cada una tiene que decir lo que tu academia hace de verdad, porque lo que se comprueba en una reclamación es eso.

Las tres piezas que siempre se subestiman

La primera es el mantenimiento. Una plataforma no se monta y se queda quieta: hay actualizaciones de seguridad, copias de seguridad que alguien tiene que comprobar que se restauran, y caídas a las nueve de la noche del domingo. Si no has decidido quién hace eso, lo vas a hacer tú.

La segunda es la presencia en internet. Tener la academia montada no trae alumnos. Aparecer en Google cuando alguien busca lo que tú enseñas exige trabajo continuado durante mucho tiempo, y un dominio recién comprado empieza sin nada acumulado a su favor. Es el motivo por el que entrar en un sitio que ya está posicionado ahorra más tiempo que casi cualquier otra decisión técnica.

La tercera es la atención al alumno. Preguntas por correo, contraseñas perdidas, pagos que no llegan, diplomas que se piden dos veces. Es trabajo de todos los días y hay que contarlo en el precio del curso.

Qué tienes que montar tú y qué puede poner otro

De todas estas piezas, solo una es intransferible: qué enseñas y en qué orden. El aula, el cobro, el seguimiento, los diplomas verificables, el mantenimiento y buena parte de la presencia en internet son infraestructura, y la infraestructura se puede compartir.

Eso es exactamente lo que hace TuFormaciónOnline. Tú pones el contenido y la revisión; nosotros ponemos la plataforma con tu marca y tu dominio, las lecciones interactivas, el seguimiento de tus alumnos, los diplomas con código de verificación pública, el mantenimiento y, si trabajas con empresas, la gestión de la formación bonificada. Por publicar tus cursos te generamos la página de tu academia sin coste, apoyada en el posicionamiento que el portal ya tiene.

Si estás dándole vueltas a montar la tuya, cuéntanos tu proyecto en la página de academias y te preparamos una propuesta con lo que harías tú y lo que haríamos nosotros.

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